
Ese es el nombre de una película musical cincuentona, clásica. Me pareció un título apropiado para lo que me pasó el viernes. El viernes conocí una variante más de "quedarse atrapado" en la lluvia. Es una versión más claustrofóbica. Fui a traer a mi novia a sus clases de inglés y al salir, cuando tomamos el taxi de regreso, se vino la lluvia. Fue la primera, la oficial primera lluvia sobre la capital y por tanto, lo más próximo al diluvio. Antes ya me había quedado atrapado bajo un techo esperando a que pase la lluvia, en alguna casa o lugar ajeno, en el trabajo, en la escuela. Pero nunca en un taxi. Sucede que el conductor, en una clara muestra de ignorancia o simplemente de atrevimiento, se le ocurrió pasar por las calles aledañas a los cauces, que, a causa de la lluvia, se desbordan trayendo consigo basura, lodo y por supuesto, agua en cantidades navegables. Sí, navegables, porque al pedazo de vehículo que tuvimos la mala suerte de abordar, es de aquellos cuyo motor no resiste el menor contacto del agua y entonces, se apaga. Este se apagó en media correntada. Desde la ventana no veíamos absolutamente nada, solo la oscuridad y de vez en cuando, gracias a la rayería que caía, podíamos distinguir que estábamos flotando en medio de la nada, porque ni las cunetas se veían. Al principio, suena gracioso. Hicimos bromas, miramos a la gente correr para resguardarse. Luego no veíamos nada, sólo veíamos la luz del rayo acompañada del estruendo. Ahí pararon las bromas, sobre todo porque nos dimos cuenta que el vehículo no estaba circulando por la fuerza de su motor, si no por la fuerza del agua que lo arrastraba. El conductor nunca pronunció una sola palabra. Tenía miedo de la puteada, seguramente. Peor fue sentir que teníamos el agua en los talones y que el culo ya lo tenía mojado porque el agua entró también por la valijera. Tras recorrer flotando como 10 cuadras de correntadas, el conductor pudo girar hacia le derecha, buscando zonas más altas. El carro apenas encendía. El trayecto hacia la casa fue de una hora y no nos reíamos, sólo pensábamos que el perro había quedado afuera en el patio y que posiblemente la potencia de la lluvia triplicó los chorros que caen dentro de la casa gracias a las goteras. Al final, el pobre hombre no pudo encender más el carro y tuvimos que bajarnos en medio de la lluvia para tomar otro taxi. ¡Qué viaje ese! En fin, como dije al principio, otra manera de decir que quedamos atrapados bajo la lluvia. ¡Y les aseguro que no estábamos cantando!



